Migrar a otro país no es solo un cambio de dirección postal. Es un terremoto emocional, cultural y existencial. Y cuando lo haces en pareja, ese temblor se multiplica.
Uno de los dos consigue trabajo antes. El otro lucha con el idioma, con la soledad, con la nostalgia. Las metas se desalinean. Los sueños chocan; Y poco a poco, sin quererlo, empiezan a hablar menos, a reír menos, a dormir juntos pero sentirse lejos.