Cuando decides emigrar, todo se convierte en una ecuación:
• ¿Tengo dinero suficiente?
• ¿Qué documentos necesito?
• ¿Voy a encontrar trabajo?
• ¿Mi familia estará bien?
Pero hay una pregunta que muchos no hacen… hasta que es demasiado tarde:
¿Y mi perro? ¿Y mi gato? ¿Y ese ser que ha dormido a mis pies todos estos años, sin pedir nada más que mi presencia?
Porque emigrar con mascotas no es solo un tema logístico. No es solo pasaporte, vacunas, vuelo cargo o cuarentena. Es
Estamos rodeados de cosas que ya no usamos, que nunca usamos o que guardamos “por si acaso”.
No vivimos en el caos extremo que retratan los documentales sobre acumulación compulsiva, pero sí en una forma más sutil, más socialmente aceptada… y por eso, más peligrosa.